Las Masacres de las Bananeras

El Colectivo/The Collective

"La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia."

—Gabriel García Márquez,
Cien años de soleda

La narración de Gabriel García Márquez sobre la Masacre de las Bananeras, perpetrada en Ciénaga, el 6 de diciembre de 1928 por un escuadrón del ejército nacional, permanece en la memoria de muchos colombianos. Cientos o quizá miles de huelguistas que se pronunciaban contra la United Fruit Company fueron asesinados en la plaza en la que estaban congregados. Sin embargo, ¿qué tanto se dimensiona el significado de este suceso que marca un hito en la lucha campesina y obrera del país? Aún varias décadas después del relato de Cien años de soledad, las masacres continúan perpetrándose en las regiones dedicadas al monocultivo del banano, la caña o la palma y, al igual que en 1928, el silencio repetido oculta el sentido de esta violencia que apunta a desarticular los movimientos sociales que denuncian condiciones laborales que atentan contra la dignidad humana.

Esta persecución a los movimientos sociales socava las posibilidades de cohesión comunitaria porque desconoce al ser humano en el trabajador, y al trabajador lo desvincula de su oficio y de su colectividad al impedirle la agremiación y al acallar sus exigencias. Huyen los pájaros, caen las víctimas.

A lo largo de estos 80 años, miles de víctimas provienen de la alianza entre grupos armados, multinacionales y terratenientes; existen incontables denuncias penales acerca de la relación de estas empresas y grandes propietarios, vinculadas con el desplazamiento, desaparición y asesinato de campesinos y líderes sindicales. Tenemos noticia de estadísticas inciertas, de fosas comunes, de miles de muertos que se esconden a la sombra de los platanales o de los cultivos de palma y, no obstante, sus nombres, historias y vidas han sido sistemáticamente extirpados de la memoria colectiva.

En el mejor de los casos, los derechos, en este Macondo infame, son reducidos a una suma dictaminada en un juicio en el que Chiquita Brands—otrora United Fruit Company—es obligada a pagar una multa por haber dado dineros a las AUC—Autodefensas Unidas de Colombia—por "servicios de seguridad". Violación de derechos que se paga en millones, huérfanos que crecen como los platanales, y televidentes que pasan de largo por las estadísticas. A ello queda limitada la agencia sobre nuestra propia historia, sobre nuestros propios destinos. ¿Qué nos acerca a los trabajadores de las bananeras masacrados en 1928, o a los que han sido asesinados en los siguientes 80 años? La historia y la geografía, nuestro espacio-tiempo, la necesidad y el derecho de usar nuestros recursos, y sobre todo, la definición como trabajadoras y trabajadores en el marco jurídico que nos rige hoy.

La concentración de la propiedad sobre la tierra y la falta de una reforma agraria, el desconocimiento de los derechos civiles y sociales, la apropiación violenta y sin escrúpulos de las zonas de cultivo y de los recursos naturales, la acción cómplice del Estado frente a los abusos del mercado, la destinación de regiones enteras a monocultivos cuyas ganancias son sólo para las multinacionales, las élites terratenientes y los grupos armados que los defienden, son problemas centrales que exigen nuestra reflexión y también un llamado urgente a la acción.

Bananeras y masacres,
una tras otra,
cuerpos pudriéndose sobre la tierra como frutos maduros.

Consumidores comprando bananos en el supermercado,
desmemoriados
y sin dolor.

No responderemos por la vía de la acción violenta, que el contagio sea nuestra estrategia para romper los hábitos de la costumbre, y que se desencadene la transmisión del virus de la sospecha para avivar la duda sobre la memoria y para repensar nuestro lugar frente a ella, de cara a la injusticia que viven los empleados de las bananeras, y que vivimos todos los que trabajamos en esta sociedad de consumo.

Para el contagio, un golpe de memoria:

Para que el dolor de las masacres se vuelva acción, para que la queja se convierta en memoria viva, para hacer de este presente un pasado que construimos, todo golpe de memoria cuenta. Invitamos a transmitir el virus, de nosotros a los amigos, de los amigos a los compradores de bananos, a todos en casa; a sus cocinas, como abrebocas de su banana split de fin de semana. Se trata de llevar el virus a todo aquel que sea susceptible de recordar, a todo aquel que sea susceptible de ser víctima—porque lo privado es también político—pasando del espacio público del mercado al de los fruteros sobre las mesas.

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Sugerimos breves pasos:

1. Imprima en papel autoadhesivo y recorte los sellos intervenidos que encontrará en esta página.

2. Péguelos en los bananos que distribuyen los supermercados; la fruta con el nuevo logo quiere recordar los muertos que costó.

3. Registre su golpe con fotos, opiniones o videos, o cualquier medio que permita que guardemos memoria de nuestra acción conjunta, y háganoslo llegar a Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla . Será publicado en http://elcolectivo.wikispaces.com/.